Satti

No localizaba ninguna zona por la que bajar y una pendiente muy pronunciada partía desde donde se encontraba.

Un quebrantahuesos paso planeando cerca del borde de la repisa. Se quedo contemplando su elegancia. Con su poderosa envergadura de tres metros, se sustentaba siguiendo las corrientes de aire cálido que ascendían desde lo más profundo de la depresión.

Pasó un buen rato buscando alguna zona de fácil paso. Se fijó en que a su a su izquierda la bajada era menos pronunciada y había numerosos árboles en los que apoyarse. Comenzó descendiendo lentamente e intentando asegurar cada paso, había bastantes lugares donde poner los pies; raices, rocas, los mismos troncos de los árboles le servían para evitar una caída mortal.

Bajó sin problemas durante unos minutos, pero de pronto las opciones de seguir se redujeron drásticamente. El poco terreno, que hasta ahora había, desapareció. La pared se cortaba en una pendiente vertical.

Sin aviso, el terreno bajo sus pies cedió, cayó.

Debido a las lluvias de los días anteriores, el terreno se había ablandado y su peso había hecho el resto. Intentó aferrarse a alguno de los árboles que estaban a su alrededor, sin éxito. Con un último intento desesperado, y para no acabar en una muerte segura, apoyó las manos en el suelo y salto de manera «kamikaze» con la esperanza de agarrarse al último arbol que existía antes de caer.

Se encontraba a unos dos metros y con todo su esfuerzo pudo agarrarse con la mano izquierda, evitando su desgracia. Era buen escalador y confiaba en sus brazos. Lo unico que podría ocurrir era que la rama se rompiera. Con cuidado fue tirando de su salvadora, intentando escalar y ganar algo de apoyo. Parecía que aguantaba, sin embargo, justo cuando ya iba a lograrlo, la rama se rompió y se esfumaron toda esperanza de evitar la caída.

Sabía que era su final. En pocos segundos sus restos estarían esparcidos en el fondo de ese lugar.

Durante la caída intentó prepararse para el golpe, tenía esa sangre fría. De repente, antes de lo que esperaba, su cuerpo chocó contra algo que, por la dureza, pensó que era el suelo. Por un momento se quedó sin aliento. Pero… ¿cómo podría, siquiera, pensar y sentir?, ¡si ya debería estar muerto! Le dolía espantosamente la espalda, le ardía como si estuviera apoyado sobre el mismísimo infierno. Y la sintió. ¡Agua!, ¡estaba hundiéndose en el agua! Con mucho esfuerzo, comenzó a nadar para recuperar la superficie. Podía moverse…

No estaba muerto. Pero, ¿qué había pasado?

Miró a su alrededor, la espalda le dolía horrores. Estaba en una bañera gigante de agua. La lluvia y las corrientes que habían caído pendiente abajo durante milenios, había creado una depresión en el terreno. Esta se encontraba en la entrada de una enorme cueva, por la cual se perdía el agua que fluía desde la bañera. A saber hacia que lugar…

Se había salvado. Un sentimiento de autentica felicidad recorrió todo su cuerpo. Numerosos calambres recorrieron su espalda dolorida. Se asomó a la repisa, aún dentro del agua, pues esta llegaba hasta el borde de la pared. Miró hacia abajo. Una losa de roca basáltica descendía verticalmente hasta la base de la depresión. Esta vez no había ningún árbol, ni manera de bajar. Aunque se rió al pensarlo, se imagino bajando con otra caída. Rápido seria, pensó.

Se quedó un momento descansando y analizando la situación en la que se encontraba. El interior de la cueva era bastante oscuro, la bóveda de la entrada se hundía en la pared unas decenas de metros y no se alcanzaba a ver lo que había en el fondo. El agua corría desde la bañera en la que se encontraba hacia el interior de la cavidad. Pensó que tendría que haber una salida. Si el agua corría, hacia algún lugar iría… No tenía nada con qué alumbrar. ¿Cómo podría sortear los múltiples peligros que seguro habrían en el interior de la montaña? Un lugar en el que con mucha probabilidad se quedaría atrapado, se ahogaría o perdiera. 

La luz del día había menguado y el sol ya no iluminaba el interior de la hondonada. Se encontraba justo en frente de la gran cascada, justo al otro extremo de la gran caldera que formaba aquel enclave. La misma cascada que durante todo el día había acompañado con su constante y potente rugido. Parecía que alguien había puesto ese mirador con piscina únicamente para observarla, además de poder admirar casi toda la depresión. En el fondo de la misma se veían fluir y bifurcarse a los ríos que se creaban a partir de un enorme estanque natural, situado en la base de la catarata y formado por el impacto del agua al chocar contra el suelo de roca. Desde donde estaba no se distinguía muy bien lo que había detrás de la caída del agua. Parecía como si se hundiera hacia el interior de la pared, pero a lo mejor no eran más que las sombras que se proyectaban. Tampoco se veía que hubiera ninguna manera de llegar hasta ahí, por lo menos desde el exterior.

Estuvo un rato meditando que hacer, no tenía muchas opciones. Podría intentar salir siguiendo cauce del agua que partía hacia el interior de la cueva, e internándose en la montaña, o bien, intentar descender escalando la losa de roca que daba al fondo de la hondonada. Ambas, una locura.

Finalmente decidió quedarse en donde estaba y pernoctar, mañana, con la luz del sol, vería qué hacer. De noche se complicaban siempre más las cosas y no quería añadir aún más riesgos a su situación.

De esta manera, y mojado como estaba, buscó tientas algún hueco en el que pudiera acurrucarse e intentar pasar la noche sin morir de frío. Estaba calado. Iba a ser una de las malas, pero no le quedaba otra alternativa.

Acto 8 – Tamatti