Era mediodía. Caminaba sin prisa observando el paisaje.

Atravesaba un sendero que serpenteaba cual arteria el interior de un bosque de encinas. Árboles retorcidos y ramificados que impedían el paso de una luz solar intensa y cálida. El  camino ascendía cada vez más. Amplios pedregales se vislumbraban en los lindes del sendero, formados por unas rocas grisáceas, bien lavadas por las lluvias torrenciales que las tormentas traían todas las primaveras. De vez en cuando, el bosque se abría y se podía vislumbrar el entorno. Un sinfín de lomas, colinas y valles lo rodeaban. Poblaciones de hayas, abetos, pinos y encinas colonizaban aquel paisaje salvaje. Buitres quebrantahuesos sobrevolaban en círculos buscando alguna presa de fácil caza, o quizá, algún animal que hubiera muerto para poder llenar su insaciable buche. También, aunque no se veían, se podían oir las llamadas de las águilas reales, los búhos culebreros, el cantar de los vencejos y las golondrinas, el martilleo de los carpinteros, incluso el bramido de algún que otro ciervo o el corretear de un jabalí.

Un paisaje idílico que le invitaba a  mezclarse con todo lo que le rodeaba.

A lo lejos se encontraban las altas montañas del norte, cuyas cimas sobrepasaban las nubes. A veces, cuando el viento las movía, dejaban ver sus blancos y brillantes picos, colonizados por la nieve.

Según los relatos e historias, mucho tiempo ha, estas tierras estuvieron habitadas por tribus de cazadores y recolectores, miembros de la más ancestral especie humana, aquella que convivía directamente con la madre Gea. Para ellos, espíritu sagrado que les otorgaba sustento y abrigo pero que, de vez en cuando, se enfurecía y hacía temblar hasta el más recio de los hombres.

En ese lugar, los hombres antiguos habían encontrado una zona óptima para refugiarse y crear sociedad. Un sitio formado por una serie de cañones escondidos en lo profundo de una caldera geológica, flanqueada por altas colinas que se rompían abruptamente hacia el interior.

Estas paredes estaban repletas de multitud de cuevas o covachas, las cuales servían de abrigo contra las inclemencias del tiempo, poderoso y temible en esos lares: lluvias torrenciales en primavera, heladas y ventiscas en invierno, calor abrasador en verano. Los rangos climáticos iban de un extremo a otro. Ahí, tras todo pronóstico, el ser humano había encontrado un lugar al que llamar hogar. A través de los años años, sus miembros fueron aumentando en número, mejorando sus técnicas de caza y recolección, dominaron el fuego y a los animales, aprendieron de los cielos, las estaciones y el clima; se fundieron en uno con lo que llamaba ellos: la madre. Se dice que hicieron hallazgos extraordinarios, los cuales custodiaron con mucho recelo pues, según cuentan las historias,  contenían un tremendo poder.

Durante milenios fueron custodios de esos descubrimientos. Sin embargo, un inesperado acontecimiento ocurrió en aquel lugar.

Los cantos, heredados de generación en generación, narraban como las tribus que habitaban más próximas a aquella caldera vieron, sobre la misma y sin previo aviso, un gran resplandor en el cielo, seguido de una enorme agitación de la tierra, y tras el cual se “oyó” un silencio sepulcral. Desde entonces nada más se supo de esa gente.  Se desconocen descendientes vivos, no hay evidencias de ningún tipo, ni cerámicas, utensilios, pinturas, nada. Todo lo que había podido existir allí, se había esfumado en un segundo y sin dejar rastro.

Pero bueno, eso no eran más que cantos y cuentos… o no.

 Acto 2 – Smetti

Categories: Aventura

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