Agua. Acto II

Llevaba unas dos semanas caminando a través de aquel bosque cerrado y espeso.

Había llevado provisiones para un mes de expedición. A estas altura había agotado la mitad de las raciones y no dejaba de pensar si era hora de abandonar y regresar. Tenía que pensarlo bien. Buscó el tronco de un árbol en el que pudiera sentarse y apoyar la espalda. Le dolían horrores las piernas. El sendero no paraba de subir y, a cada paso, el aire contenía un poco menos de oxígeno. Si seguía adelante, tendría que aflojar la marcha para evitar un mal de altura. Sólo, y en ese lugar, podría perder la vida. Esto retrasaba aún más sus predicciones además de que, si decidía seguir, tendría que racionar las comidas. El agua  no era un problema, ya que el río era su fiel compañero de viaje, además de uno de sus dos únicos puntos de orientación, siendo el sendero el otro. No debía perderlos de vista o nunca saldría de allí.

Sacó todo lo que tenía en la mochila de viaje. Una linterna frontal y dos pilas de repuesto, un cuchillo de caza, una brújula, una navaja suiza, yesca y pedernal, un botiquín básico, una muda de ropa de abrigo, un sombrero tipo ruso, guantes para el frío, un caldero con tapa, un vaso de madera, finamente tallado, una cuchara de madera, una caseta de campaña y lo que le quedaba de las raciones de comida. La basura la iba dejando en lugares reconocibles y enterrada para ir recogiéndola a la vuelta, ya con la mochila más vacía.

Estuvo largo tiempo meditando.

Finalmente, decidió continuar y racionar la comida. Con lo que tenía, si se organizaba bien y pasaba algo de hambre, podría alargar la expedición por unos cinco días más.

Las nubes habían descargado durante la noche gran cantidad de agua y ahora esta, con el calor del día, creaba una atmósfera muy cargada de humedad y harto asfixiante. Las raíces de los pinos se entrecruzaban a lo largo del antiguo camino, dificultando el ascenso. A lo lejos se oía el característico zumbido del agua al caer desde una gran distancia. Parecía el rugir de una cascada.

Poco a poco, la arboleda se fue despejando y el sonido del agua cayendo se fue haciendo más intenso. No paraba de pensar como habría logrado llegar el hombre a aquel lugar. Por lo que había estudiado, el enclave estaba formado por unos abrigos rocosos, situados a aproximadamente 1900 metros de altitud y en cuya época estaban separados a más de media luna de camino del asentamiento más cercano. Era un lugar totalmente aislado, rodeado de una densa arboleda que fácilmente daba pie a perderse.

Nadie se habría aventurado hacia ese lugar por su cuenta, algo debió hacerlos llegar.

Andaba cavilando en sus pensamientos cuando de repente paró en seco. El camino había acabado y no veía señales de alguna otra vereda que pudiera tomar. La arboleda se había abierto totalmente y un inmenso hueco, de unos 3 kilometros de diámetro, había desgarrado aquella zona repleta de lomas y colinas. Verticales paredes miraban hacia el interior de la hondonada, multitud de cañones se ramificaban en la base de la misma.

Una vegetación extremadamente densa y viva había colonizado hasta las paredes más inaccesibles. En lo profundo del inmenso hoyo la bruma impedía ver que había más abajo. Un río se oía correr en la base de los cañones, ramificándose al igual que ellos. Pero lo que más le impactó fue el inmenso salto de agua situado justo en la pared norte de la hondonada. Calculó que podría medir en torno a unos 500 metros de altura.

El agua caía enfurecida, agitada cual manada de caballos desbocados.

Pasiva, pero implacable, durante miles de milenios, había labrado y pulido la dura roca formando aquel insólito lugar. Era un paisaje que hacía al que lo mirara estremecerse. Nidos de rapaces poblaban las escarpadas paredes, sirviendo de refugio para sus polluelos. Una bandada de buitres revoloteaba en círculos enfrente de la cascada, buscaban algo que comer.

A través del sonido de los pájaros, animales y el agua, Enac percibió un ruido sordo entre todo ese alboroto, un sonido constante y seco, casi imperceptible, cuyo origen no pudo concretar. ¿Qué podría crearlo? – pensó. Algo mágico emanaba de aquel sitio, algo que lo dejó, durante varios minutos, perplejo e inmóvil, algo más ancestral que el mismo mundo.

 

 Acto 3 – Amelotti