Llevaba unas tres horas caminando a través de aquel bosque cerrado.

Las nubes habían descargado durante la noche gran cantidad de agua y ahora esta, con el calor del día, creaba una atmósfera muy cargada de humedad y harto asfixiante. Las raíces de las encinas se entrecruzaban a lo largo del antiguo camino, dificultando el ascenso. A lo lejos se oía el característico zumbido del agua al caer desde una gran distancia. Estaba acercándose.

Poco a poco, la arboleda se fue despejando y el sonido del agua cayendo se hacía más intenso. No paraba de pensar como habría logrado llegar el hombre a aquel lugar. Por lo que había estudiado, el enclave estaba formado por unos abrigos rocosos, situados a aproximadamente 1900 metros de altitud y en cuya época estaban separados a más de media luna de camino del asentamiento más cercano. Era un lugar totalmente aislado, rodeado de una densa arboleda que fácilmente daba pie a perderse.

Nadie se habría aventurado hacia ese lugar por su cuenta, algo debió hacerlos llegar.

Andaba cavilando en sus pensamientos cuando de repente paró en seco. El camino había acabado y no veía señales de alguna otra vereda que pudiera tomar. La arboleda se había abierto totalmente y un inmenso hueco, de unos 3 kilometros de diámetro, había desgarrado aquella zona repleta de lomas y colinas. Verticales paredes miraban hacia el interior de la hondonada, multitud de cañones se ramificaban en la base de la misma.

Una vegetación extremadamente densa y viva había colonizado hasta las paredes más inaccesibles. En lo profundo del inmenso hoyo la bruma impedía ver que había más abajo. Un río se oía correr en la base de los cañones, ramificándose al igual que ellos. Pero lo que más le impactó fue el inmenso salto de agua situado justo en la pared norte de la hondonada. Calculó que podría medir en torno a unos 500 metros de altura.

El agua caía enfurecida, agitada cual manada de caballos desbocados.

Pasiva, pero implacable, durante miles de milenios, había labrado y pulido la dura roca formando aquel insólito lugar. Era un paisaje que hacía al que lo mirara estremecerse. Nidos de rapaces poblaban las escarpadas paredes, sirviendo de refugio para sus polluelos. Una bandada de buitres revoloteaba en círculos enfrente de la cascada, buscaban algo que comer.

A través del sonido de los pájaros, animales y el agua, Enac percibió un ruido sordo entre todo ese alboroto, un sonido constante y seco, casi imperceptible, cuyo origen no pudo concretar. ¿Qué podría crearlo? – pensó. Algo mágico emanaba de aquel sitio, algo que lo dejó, durante varios minutos, perplejo e inmóvil, algo más ancestral que el mismo mundo.

 Acto 3 – Amelotti

Categories: Aventura

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