Bosque de Durnin. Acto 1.

Era mediodía. Caminaba sin prisa observando el paisaje.

Se encontraba en un sendero que culebreaba atravesando un bosque de pinos, como si fuera una de sus arterias. El lugar estaba lleno de árboles viejos, grandes y vigorosos que impedían el paso de una luz solar intensa y cálida. El  camino ascendía cada vez más. De vez en cuando, la vegetación se abría y podía vislumbrar el entorno. Amplias laderas de basalto caían en pendiente hacia el interior de un extenso barranco, bien lavadas por las lluvias torrenciales que las tormentas traían todas las primaveras. Los flancos de dicha depresión estaban adornados por una densa vegetación y acogía un río en su seno. Este nacía sendero arriba, en las montañas. A lo lejos, podía ver cómo se extendían un sinfín de lomas, colinas y valles.

Estaba en el Bosque de Durnin.

Levantó la mirada. Cernícalos y águilas reales sobrevolaban en círculos buscando alguna presa de fácil caza o alguna carroña en buen estado. Prestó atención. Aunque no se veían, se podía oír el cantar de los pinzones, los reyezuelos y trepadores, el martilleo de los carpinteros, incluso el bramido de algún que otro ciervo o el corretear de un jabalí. Se decía que en esos bosques habitaba un animal imponente, con grandes cuernos y mirada penetrante, del que se decía que poseía alguna conexión con el resto del bosque, no se sabe de qué manera, pero era algo mágico que merodeaba por aquel lugar. Aunque, pensaba, sólo eran cuentos contados a los turistas para sacarles algo de dinero mediante rutas interpretadas y el merchandising. El ciervo era la insignia del lugar. En el borde del Bosque de Durnin se habían fundado tres pueblos, los cuales formaban la Comarca de Durnin. Eran Diluna, Neolinde y Carvelion, todos ellos en el exterior del bosque. Era el último atisbo de civilización que veían aquellos que se aventuraban a penetrar en la espesura, ya que esta se extendía por kilómetros y, cuanto más adentro, más aislado se estaba.

Diluna era un pueblo de agricultores y ganaderos. Allí, los habitantes trabajaban una de las mejores tierras de la zona. Era una gente tranquila, muy preocupada en respetar la naturaleza y proteger su fuente de ingresos, la tierra. Suelos francos que producían inmejorables variedades de frutas y hortalizas, codiciadas a lo largo de la región. La ganadería era extensiva. Los animales eran soltados para que se alimentaran libres en los pastos naturales que allí crecían, produciendo una carne de inmejorable sabor. Vacas, cerdos, cabras, ovejas y aves de corral producían una óptima cantidad de alimento, necesario para abastecer a los tres pueblos de Durnin, y así sustentar su futuro.

Neolinde fue la última comunidad en instalarse en el borde del bosque. Es una población de unos diez mil habitantes que había traído consigo desarrollo y tecnología al lugar. Disponía de todos los servicios propios de un pueblo de medio tamaño, ayuntamiento, escuelas, bibliotecas, un hospital, cines, oficina de correos, policía, servicios de emergencia, parques y plazas, internet, cobertura telefónica, televisión, un centro comercial con tiendas, varios supermercados bien abastecidos, etc.

El último de los pueblos era Carvelion. Se componía de una comunidad extraña que apenas se relacionaba con los otros dos pueblos. Sus gentes eran reservadas y taciturnas. Cazaban en el bosque grandes ciervos y jabalíes, y recogían las bayas y tubérculos que allí crecían. Rara vez alguno de sus miembros visitaba otro pueblo, y siempre bajo causa de fuerza mayor, generalmente por falta de alimentos y recursos en el invierno. Tenían una tradición muy peculiar. A la edad de veinte años, el primogénito de la familia debía internarse dentro del bosque, por un año, y sobrevivir alimentándose de lo que cazaba y recolectaba. Debía utilizar lo que sus padres le habían enseñado durante toda su vida para comprender, respetar y sobrevivir en el interior del bosque. Lo llamaban Karsct, que se traducía en su dialecto como «el comienzo», y  lo veneraban como una entidad viviente y superior.

Siguió caminando sendero arriba.

Al final de la ruta se encontraban el destino de su expedición, las altas montañas del norte, en cuyas cimas las nubes habían encontrado un hogar. A veces, cuando el viento las molestaba, dejaban ver los blancos y brillantes picos cubiertos de un manto denso de nieve. En sus faldas, justo donde nacía el río que ahora mismo serpenteaba a su vera, se disponía un espectacular lago. Era un explorador consumado y su motivación, desde pequeño, era conocer lo desconocido. Llevaba mucho tiempo echándole el ojo a ese lugar, misteriosas historias acunaban toda la región.

Según los relatos e historias, mucho tiempo ha, estas tierras estuvieron habitadas por tribus de cazadores y recolectores, miembros de la más ancestral especie humana, aquella que convivía directamente con la madre naturaleza. Para ellos, la Gea, espíritu sagrado que les otorgaba sustento y abrigo pero que, de vez en cuando, se enfurecía y hacía temblar hasta el más recio de los hombres.

En un lugar de la zona, cuyo paradero se desconoce, los hombres antiguos habían encontrado una zona óptima para refugiarse y crear sociedad. Un sitio formado por una serie de profundos cañones, que se escondían en el seno de una caldera geológica, flanqueada por altas colinas que se rompían abruptamente hacia el interior.

Las paredes de los muros naturales que flaqueaban la caldera estaban repletas de multitud de cuevas o covachas, las cuales servían de abrigo contra las inclemencias del tiempo, poderoso y temible en esos lares: lluvias torrenciales en primavera, heladas y ventiscas en invierno, calor abrasador en verano. Los rangos climáticos iban de un extremo a otro. Ahí, tras todo pronóstico, el ser humano había encontrado un lugar al que llamar hogar. A través de los años años, su población fue aumentando, auspiciado por la abundancia que les ofrecía Gea. Salieron de las cuevas y construyeron sus hogares, mejoraron sus técnicas de caza y recolección, dominaron el fuego y a los animales, aprendieron de los cielos, las estaciones y el clima; se fundieron en uno con lo que llamaba ellos: la madre. Allí permanecieron durante siglos, desarrollándose como una sociedad oculta al resto del mundo. De vez en cuando enviaban a algún mensajero cientos de millas a lo lejos para contactar con otras civilizaciones. El emisario, que tenía prohibido volver a su hogar, tenía como objetivo difundir los conocimientos que había generado su sociedad y hacer saber del poderío de su civilización a las sociedades contactadas, pero nunca podía revelar su ubicación. Por ello, se seleccionaba como emisarios a aquellas personas de mayor reputación en la caldera, inquebrantables y leales, idolatradas por el resto y veneradas como héroes, tanto en la vida como en la muerte.

Y fue así, que a pesar de su aislamiento, esta civilización realizó extraordinarios avances en cuanto a la comprensión del universo y la Tierra. Se dice que, en uno de esos hallazgos, descubrieron algo inimaginable. Nunca se supo de qué se trataba, ya que fue un secreto custodiado con mucho recelo pues, según cuentan las historias,  su conocimiento conllevaba un tremendo poder.

Transcurrieron varios años tras el hallazgo hasta que un inesperado y súbito acontecimiento, sucedió.

Los cantos, heredados de generación en generación, narraban como las tribus que habitaban pueblos lejanos a aquella caldera, y que habían sido contactados por los emisarios, vieron un gran resplandor en el cielo, seguido de una enorme agitación de la tierra. Exploradores fueron enviados en todas direcciones para intentar descubrir que podía haber sido aquello. Durante años buscaron pistas en el paisaje, algún indicio que arrojara luz al suceso. Hasta que un día, casi cuando ya habían perdido la esperanza, y de casualidad, encontraron la caldera. Imponente, de paredes casi verticales, pobladas de pinos retorcidos y negros, en el que no se oía ningún animal ni soplaba el viento. Un lugar en el que el tiempo se había detenido, un sitio verdaderamente inquietante.

Pasaron días intentando, sin éxito, encontrar alguna forma de trepar las inmensas murallas naturales que protegían el interior de la formación rocosa. No sabían cómo, pero estaban seguros que dentro de ese bastión se encontraba la respuesta a aquel estruendo horripilante del cielo.  No obstante, muy a su pesar, desprovistos de alimentos y agua, ya que en ese lugar no existía nada aprovechable, tuvieron que volver con su tribu.

Atravesaron el bosque de vuelta.

Al llegar, estos valientes hombres contaron todo lo que habían visto y las sensaciones que allí habían sentido. Sin embargo, no contaron cómo habían dado con el lugar ya que, en ese momento, la codicia, que se remonta al mismo momento en el que surge el ser humano,  impregnaba el corazón de aquellos hombres, aquellos que siempre habían sido nobles y honestos. Querían ser los primeros en conocer si había algo valioso en el interior de la caldera con que pudieran enriquecerse. Sin embargo, la misma noche del día que llegaron, todos los miembros de la expedición misteriosamente desaparecieron sin dejar rastro, desapareciendo también con ellos la manera de llegar a la caldera.

Desde entonces, nadie ha logrado encontrarlo de nuevo. Nada más se supo de esa gente, ni lo que había pasado en el interior de aquel bastión natural. Se desconocen descendientes vivos, no hay evidencias de ningún tipo, ni cerámicas, utensilios, pinturas, nada. Ese lugar, y todo lo que había podido existir allí, era un auténtico enigma.

Pero bueno, eso no eran más que cantos y cuentos… o no.

 Acto 2 – Smetti