Cuando llegó a la cima de la colina se dio cuenta de la situación en la que se encontraba.

Con el mar a su espalda y en lo alto de aquel montículo de rocas y tierra, observó como un océano de arboles, colinas, hondonadas y ríos se anteponían a la línea del horizonte. Seguramente no viviría ningún ser humano a saber en cuantos kilometros. Un sol inclemente azotaba, decenas de aves revoloteaban hasta donde la vista alcanzaba; piando, danzando o aventurándose a hacer picados para cazar alguna presa. El sonido de miles de animales gruñendo, corriendo y rugiendo, el del agua de los cauces de los ríos… En fin, una selva cualquiera. El problema es que estaba completamente solo, no había ningun indicio de civilizacion humana.

Gritó… Al parecer nadie le oía, pues no se oyó respuesta alguna.

Pensamientos turbios comenzaron a aparecer en su mente. ¿Cómo podría salir de allí? ¿En que dirección iría? ¿Agua? ¿Comida? ¿Dónde se refugiaría para pasar la noche? No tenía ningún tipo de herramientas y tampoco materiales que pudiera usar. Su ropa estaba hecha jirones, por lo que también carecía de telas como para fabricar o unir algo.

—¡Mierda! ¿Cómo voy a hacer sobrevivir y salir de aquí? Rumió para sí mismo.

A lo lejos, en la linea que separaba el cielo de la tierra, se difuminaba un aislado sistema montañoso. El centro del mismo era más alto que el resto y parecía que tenía una forma rectangular, como si sus paredes fueran verticales. De cerca debía ser majestuoso.

Llegó a la conclusión de que ese debía ser el lugar que estaba buscando. Según los libros que había estudiado, textos antiquísimos que casi nadie conocía, el lugar que buscaba se encontraba en lo alto de un coloso de piedra que emergía cual lanza del verde manto que lo acunaba y protegía. Debía ser allí.

Conforme a las historias, desde ese lugar se podría localizar la ubicación que había estado buscando durante toda su vida. Una entrada hacia un mundo totalmente desvinculado de la historia, un lugar oculto que escondía innumerables secretos del mundo antiguo.

Los pocos libros que hablaban de ese sitio lo llamaban: “Los Abrigos del Mundo”.

De acuerdo a la información que había sacado de aquellos misteriosos tomos, el emplazamiento solo podría ser hallado en el ocaso del seis al siete de octubre. Momento en el cual, la luz del sol, justo antes de esfumarse en el horizonte, marcaría en un instante fugaz y con un brillo metálico la zona donde se situaba la entrada… o eso decían las escrituras.

Se decidió a bajar la colina y empezar el camino, pero primero debía pensar como lograría llegar allí y poder contarlo. El agua podría obtenerla de los ríos, para la comida debía idear algún método de caza o pesca. Quizá podría utilizar algún palo que encontrase y con un piedra intentar afilar un extremo a modo de lanza, objeto que también podría usar para defenderse.

Para pasar la noche y protegerse de las inclemencias del tiempo, lo único que se le ocurría era probar a recoger algunas hojas que fueran grandes y con ellas fabricarse algún tipo de abrigo, tal y como lo hacían las tribus indígenas del amazonas. El problema es que no tenía ningún tipo de herramientas que pudiera utilizar para cortar y, además, no dejaba de pensar en que sin fuego sería muy complicado sobrevivir al frío y a los animales nocturnos que pudieran salir en busca de comida.

La incertidumbre se volvió a apoderar de él. Nunca se había encontrado en una situación en la que su vida pendiera tanto de un hilo y, además, sabía que el camino para salir de allí iba a ser largo y dificultoso.

Atravesar una selva sin equipo y sin ningún método de orientación era una tarea a priori imposible.

Siempre había sido una persona harto perseverante, su motivación y la ambición de conocimiento superaba con creces los miedos, e incluso rallaba la locura, ambición que le había permitido llegar hasta donde estaba.

Llegó a la conclusión de que ya iría resolviendo esos problemas a medida que fueran presentándose, ahora lo importante era ponerse en marcha. Cuanto mas tiempo pasara quieto sin hacer nada, menos tiempo le quedaría de vida en ese lugar. A sus pies la colina descendía unos cincuenta metros hasta adentrarse en la arboleda.

Se ató fuertemente las botas, se abrochó bien el cinto y comenzó a deslizarse colina abajo hasta adentrarse en la selva.

Acto 7 – Satti

Categories: Aventura

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