Siempre que pasaba por allí afinaba los sentidos, era un paso muy estrecho.

El jeep cabía muy justo a través de las dos paredes verticales que había a los lados de la carretera. El viento soplaba con furia, como si intentase escapar de la cárcel que suponían esas montañas. Las corrientes de aire que venían del norte, atravesando la inmensidad del océano y cargados de humedad, se encontraban con un muro de roca volcánica, dura e inquebrantable. Las nubes se agolpaban en la cara norte de la vertiente y oscurecía lo que se encontraba debajo. Una inmensa playa. Aislada, salvaje y antigua.

Para llegar allí, debía cruzar un paso natural que atravesaba la montaña de lado a lado, de la cara sur a la norte.

Era un paso estrecho, flanqueado por paredes que se levantaban hacia lo alto de la montaña. Medía unos treinta metros de largo. De ellas caía el agua que se condensada por el paso de las nubes. Arbustos se aferraban hundiendo sus raíces en la roca y algunos pájaros habían encontrado un hogar entre las pequeñas cavidades que formaba la pared.

Pasó con cuidado. De vez en cuando, alguna roca se caía y rebotaba contra la tierra. Había que tener cuidado, ya que algunas de ellas eran bastante grandes y podrían hacer estragos en el vehículo. En poco tiempo ya estaba al otro lado. Al salir a la cara norte, la carretera hacía una curva cerrada a la derecha y se formaba una pequeña repisa en la que se podían contemplar las vistas. El viento era tan fuerte que zarandeaba el coche. Paró y se bajó. Desde ahí se podía admirar lo que se encontraba más abajo: la playa.

Virgen y majestuosa, localizada en el extremo sudoeste de una isla apenas habitada, de ahí que casi nadie la conociera.

Había resistido al tiempo y a la gente oculta tras su guardaespaldas, el muro, el mismo que recogía en sus amables brazos toda la furia y la potencia de los elementos. El mar, el viento y la lluvia, habían esculpido el carácter de aquel lugar, bello pero implacable.

Estaba deshabitado. El hombre nunca había querido asentarse en ese lugar. La constancia del mal tiempo y la hostilidad que mostraba, aparte de su inaccesibilidad, habían mantenido alejado al hombre. Únicamente, existía una antigua casa abandonada y construida hace ya muchísimos años. Se encontraba en lo alto de una loma, cerca de la base del muro de roca que protegía el lugar.

Desde la playa parecía un sentinela que observaba todo lo que allí ocurría. En silencio y a través del tiempo, había sido testigo de innumerables tormentas, y quien sabe que acontecimientos ocultos a la historia.  Un muro semiderruido de unos dos metros de altura la rodeaba. Ahora permitía el paso, pero en su momento seguramente servía para impedirlo. Tenía dos plantas. En el extremo norte, un torreón miraba hacia el mar, desde allí se podía ver toda la playa. Un patio exterior presentaba la entrada principal, en él habían unos barracones, como los que se encuentran en los fuertes y que sirven para alojar a la guardia de defensa. La entrada principal, formada por un gran portón incrustado en un arco de madera tallada daba paso al interior de la construcción.

Desde fuera no se podía atisbar nada más. Allí estaba, dándole un matiz siniestro y misterioso al lugar.

Le encantaba imaginarse como sería cuando estuvo habitada. Cómo sería la rutina diaria en aquel utópico lugar. Se imaginaba a un anciano hermitaño, ocupándose de su rebaño y alejado de todo itentando encontrar su sosiego espiritual. Sin embargo, había algo que en esa historia no cuadraba: el por qué de esa construccíon defensiva. Algo que le entusiasmaba muchísimo, pues daba pie a que la mente divagara y fomentase la imaginación, aportando aún más misterio a la edificación.

Había llegado al cruce que daba a la playa y del que partía una vereda ascendente que daba a la casa, apenas perceptible por los años en deshuso. Siempre que llegaba ahí se quedaba quieto unos minutos, admirando las vistas de aquel sentinela impasible. Siguió el camino que bajaba a la playa.

El viento ya no soplaba tanto como en el paso de arriba. El aire era más cálido y cuando las nubes pasaban y dejaban brillar el sol, el ambiente se caldeaba y daban ganas de darse un baño. Le encantaba ese lugar. Siempre que podía iba allí a meditar y desconectar de la vida diaria.

Era cerca de mediodía. El sol había ganado la batalla contra las nubes. El viento dio paso a una brisa suave y hacía bastante calor. Decidió que era hora de darse un baño. Se desnudó y se metió en la refrescante agua de color azul-turquesa, limpia y cristalina, tranquila y purificadora. Allí no había nadie que pudiera verlo. Se quedó flotando en el agua boca arriba cual tronco a la deriva, mirando el cielo azul despejado de nubes. Entonces, mientras flotaba, la casa abandonada le vino a la cabeza:

¿Por qué nunca la había visitado? ¿Cómo sería por dentro? ¿Quién y por qué la habría construido allí?

Puede que por temor o por respeto nunca se hubiera aventurado a entrar, pero pensó que ya era hora de desvelar ese misterio. Seguramente no sería más que una casa de un antiguo hermitaño que sólo buscaba soledad. Con esta idea, salió del agua, y así, tal cual como vino al mundo, se dirigió hacia aquella misteriosa construcción.

Acto 4 – Acodetti

Categories: Aventura

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